Por Lemay Padrón Oliveros (enviado especial)
La verdadera religión dominicana es la «pelota», porque en esta media isla el béisbol no es un deporte, ni un pasatiempo, ni una distracción dominical, aquí los milagros se miden en millas o pies, y los santos usan gorra.
Los Juegos Centroamericanos y del Caribe de Santo Domingo 2026 estrenan hoy el pasatiempo de las bolas y los strikes, y Quisqueya le tomará un poco más de cariño a la justa multideportiva.
Aquí la temporada beisbolera invernal no es un evento deportivo, es una guerra civil pacífica que dura tres meses y divide a las familias de forma tan radical que hace que los conflictos políticos parezcan discusiones de oficina.

Antes de aprender a caminar o a multiplicar a los niños dominicanos ya se le ha asignado una militancia inquebrantable: o es azul del Licey, o es rojo del Escogido, o pertenece a la resistencia amarilla de las Águilas Cibaeñas.
Ojo, no vale cambiarse de equipo en la adultez porque es considerado un pecado social equivalente al destierro.

Al estadio dominicano no se va a comer palomitas de maíz o a anotar pacientemente las estadísticas en una libreta, aquí sentarse en silencio es considerado una falta de respeto al ecosistema.
Las gradas son una discoteca gigante al aire libre donde sin importar el marcador se discute de política, se arregla la economía del país y se baila merengue entre entrada y entrada.
Los fanáticos no solo miran el juego, lo juegan desde su asiento: cada lanzamiento es analizado por miles de mánagers empíricos que saben perfectamente qué debió tirar el lanzador, aunque ninguno sea capaz de encestar un papel en el cubo de basura.
Para un cubano como yo es como estar en casa, y cuando un bateador saca la pelota del parque todos olvidan por unos minutos las penas, los apagones, la inflación, y la vida es perfecta.
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