Foto: Abel Rojas Barallobre (FotosPL)
Detrás de cada atleta que cruza una meta, levanta un trofeo o rompe un récord, suele existir una historia tejida con afectos, y en los Juegos Centroamericanos y del Caribe de Santo Domingo 2026 una de ellas fue la de Pulido, reina de la cita con ocho medallas de oro, una de plata y dos de bronce.
Fueron en total tres oros individuales (50, 100 y 100 libre) y cinco en los relevos 4×100 libre femenino y mixto, 4×200 femenino y 4×100 combinado femenino y mixto), y fue segunda en 50 libre y tercera en 50 mariposa y 200 espalda.
Desde la piscina era capaz de localizar a su novio en medio de la multitud en el Centro Acuático del Complejo Olímpico Juan Pablo Duarte, y a sus brazos corría tras cada coronación.
Ya nadie puede hacer sombra a su copioso botín, porque la otra disciplina donde se obtienen varias preseas es la gimnasia artística, y las chicas solo pueden aspirar a seis oros, mientras que un gimnasta con actuación perfecta quedaría detrás de todos modos por tener menos preseas.
No siempre son los aplausos los que impulsan el último esfuerzo; el amor no aparece en las estadísticas ni ocupa un lugar en el marcador, pero está presente en cada entrenamiento bajo la lluvia, en cada madrugada de sacrificio y en cada lágrima que se esconde tras una victoria.
Estos cuatro años de relación con su pareja han sido el combustible silencioso que convierte el cansancio en perseverancia y el miedo en valentía, en convencimiento de que ninguna montaña es demasiado alta cuando existe una razón poderosa para escalarla.
Al final, los récords algún día serán superados y las medallas perderán su brillo, pero el amor que inspiró cada conquista permanecerá intacto, recordándonos que las hazañas más extraordinarias nunca nacen únicamente del cuerpo, sino también del alma.
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