miércoles 28 de octubre de 2026

Rafael Álvarez: las cuatro letras de un sueño mundialista

La Habana, 28 oct (Prensa Latina) Rafael de Jesús Álvarez tiene hoy un sueño con pasaje a Nicaragua: vestir las cuatro letras de Cuba y demostrar que su bate puede abrirle espacio entre los grandes de su generación.

Por Boris Luis Cabrera

El joven camagüeyano integra la selección de 24 peloteros anunciada oficialmente ayer, que bajo las órdenes del capitalino Guillermo Carmona disputará del 6 al 15 de noviembre el Campeonato Mundial de Béisbol Sub-23, una oportunidad para ponerle bandera a tantos años de preparación.

«Un mundial es algo que soñé desde niño», confesó en entrevista exclusiva con Prensa Latina este jugador de los Toros, para quien representar a su país constituye lo más grande que le ha sucedido hasta ahora como deportista.

No esconde la presión de quien llegará por primera vez a un equipo nacional, pero tampoco permite que el vértigo le robe la alegría: «Voy a hacer lo que me gusta y voy a tratar de dar lo máximo para que los resultados salgan».

En su horizonte inmediato aparecen Corea del Sur, rival del debut el próximo 6 de noviembre, y un grupo B que también reúne a Japón, Venezuela, Gran Bretaña y Sudáfrica, con apenas tres boletos hacia la superronda.

Antes de medirse con esos adversarios, sin embargo, Rafael ha debido aprender a vencer otros menos visibles: la impaciencia, las lesiones y esa presión que acompaña a un muchacho cuando los entrenadores comienzan a señalarlo entre los mejores talentos de su categoría.

Sus condiciones alimentan esa consideración, pues al poder ofensivo, la buena defensa y el brazo se añade una velocidad en crecimiento, combinación que lo acerca al perfil de un prospecto de cinco herramientas y permite imaginarlo entre los jugadores de mayor impacto de cuantos permanecen en Cuba.

Él identifica con sencillez las primeras señales de aquel talento: «Lo que más fácil se me desarrolló de niño siempre fue pegarle a la bola», recuerda, antes de mencionar las buenas manos y reconocer que correr más rápido le ha exigido un esfuerzo adicional.

La inicial es su territorio natural, aunque puede defender los tres jardines y no parece dispuesto a convertir una posición en frontera: «Me siento bien y trato de ayudar al equipo dondequiera que me necesite».

Transita su cuarta Serie Nacional y sus números ofrecen razones para seguirlo de cerca, después de una campaña anterior en la cual bateó para .356, conectó tres jonrones e impulsó 34 carreras, rendimiento que le abrió también las puertas de los Cocodrilos de Matanzas como refuerzo en la IV Liga Élite.

En la temporada actual sostiene promedio de .353, con dos cuadrangulares y 11 remolques, una producción que invita a esperar más de su fuerza, todavía con espacio para traducirse en batazos de mayor alcance.

«Si el cuerpo está fuerte y la mente no, el resultado no sale», afirma, como quien ha descubierto que cada turno al bate comienza mucho antes de pisar el cajón.

Esa convicción tiene una estación decisiva en 2023, cuando viajó a República Dominicana en busca de un contrato con alguna organización de Grandes Ligas y permaneció allí cuatro meses, hasta que una lesión en el muslo derecho precipitó el regreso.

«Creo que a lo mejor me apuré un poquito, no era el momento», admite sin buscar disfraces para una experiencia de la cual rescató una enseñanza: «El profesional nunca se rinde y trabaja como el más malo para ser el mejor».

Camagüey volvió a ser entonces algo más que un lugar en el mapa, porque encontró un público que lo sostuvo desde el primer día y le dio fuerzas para continuar creciendo, con otro físico y, sobre todo, otra manera de afrontar las dificultades.

Cuando habla de sus referentes, el béisbol deja de parecer una colección de estadísticas y se vuelve una escuela de afectos, encabezada por Yulieski Gurriel, a quien admiró desde niño, y por Leslie Anderson, su padrino y ejemplo a seguir.

De Anderson no separa al bateador de la persona, ni al pelotero del padre, el entrenador y el amigo, porque en su manera de entender la excelencia también cuentan las virtudes que no caben en una hoja de anotación.

«Para mí, uno de los mejores bateadores que he visto en la pelota cubana y en el mundo», dice sobre quien ocupa un sitio tan importante en su formación como en sus afectos.

En esa gratitud aparecen también su madre, su «abuelita del cielo», los entrenadores de la infancia, los amigos y los compañeros de equipo, una multitud cercana a la cual atribuye parte de la fuerza que lo ha traído hasta aquí.

Más allá de Nicaragua, su aspiración mayor tiene el nombre del Clásico Mundial, aunque junto a ese escenario inmenso coloca un deseo de apariencia más sencilla: establecerse como pelotero, ganarse el cariño de la gente y dejar que su talento hable por él.

Por ahora, prefiere responder a los elogios con una rutina y no con una promesa: «Trabajar todos los días y que el terreno sea el que hable».

El próximo 6 de noviembre comenzará a medirse la distancia entre aquel niño que soñaba con un Mundial y el joven que ya tiene un lugar en él; Rafael no pide que le crean por adelantado, porque piensa llevar la palabra en el bate.

ool/blc

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