Texto y fotos: Fady Marouf
El sitio que hoy ocupa la mezquita fue originalmente un templo romano dedicado a Júpiter, construido durante el Imperio romano. Con la expansión del cristianismo, el lugar fue transformado en una iglesia dedicada a San Juan Bautista, cuya figura es venerada tanto por cristianos como por musulmanes.
Tras la llegada del islam a Siria en el siglo VII, el califa omeya Al-Walid ibn Abd al-Malik ordenó su conversión en mezquita, preservando elementos arquitectónicos y simbólicos de las etapas anteriores.

La Gran Mezquita Omeya se convirtió así en uno de los primeros y más relevantes ejemplos de la arquitectura islámica, influyendo en el diseño de mezquitas posteriores en todo el mundo musulmán.
Sus amplios patios, minaretes y mosaicos reflejan una síntesis cultural que integra herencias romanas, bizantinas e islámicas.
Uno de los rasgos más significativos del templo es que alberga el santuario que guarda la tumba de Juan Bautista, reconocido como profeta Yahya en el islam. Este hecho convierte a la mezquita en un símbolo excepcional de convivencia religiosa, donde durante siglos han coincidido el respeto y la veneración de distintas tradiciones monoteístas.
En el recinto de la mezquita también se encuentra el mausoleo del sultán Salah ad-Din al-Ayyubi, conocido en Occidente como Saladino, el libertador de Jerusalén y una de las figuras más emblemáticas de la historia islámica.
Su tumba, situada en las inmediaciones del complejo, es visitada por fieles y estudiosos como símbolo de resistencia, dignidad y unidad frente a las invasiones cruzadas.

A lo largo del siglo XX y XXI, la Gran Mezquita Omeya ha sido visitada por numerosas personalidades y líderes internacionales.
Entre ellos destaca el revolucionario argentino-cubano Ernesto Che Guevara, quien recorrió el lugar durante su paso por la República Árabe Unida en 1959, atraído por su profundo valor histórico y cultural.
En la actualidad, la mezquita continúa siendo un centro activo de culto, turismo y memoria histórica. Las labores de restauración han permitido preservar su valor patrimonial, reafirmando su papel como corazón espiritual de Damasco.
La Gran Mezquita Omeya no es solo un edificio religioso, sino un testimonio vivo de la continuidad histórica de Siria.
Su transformación a lo largo de los siglos y su capacidad para reunir símbolos del cristianismo y del islam la convierten en un emblema de convivencia, resistencia cultural y diálogo entre civilizaciones, en una región marcada por profundas transformaciones históricas.
ga/fm





