En el oeste de la capital cubana, a pocos minutos del bullicio del Vedado, se extiende un tesoro natural que muchos habaneros llaman El pulmón de la ciudad. Se trata del Bosque de La Habana, un área boscosa de unas 700 hectáreas que se convierte en un refugio de paz y biodiversidad en medio del entramado urbano.
Este espacio, que en realidad forma parte del Parque Metropolitano de La Habana, se despliega a lo largo de las riberas del río Almendares, el más importante de la capital.
El verde que satura la vista al cruzarlo es un contraste radical con el asfalto y el ruido citadino, ofreciendo a propios y extraños la oportunidad de sumergirse en una pequeña selva tropical sin necesidad de salir de la ciudad.
La historia de este bosque como espacio público se remonta a principios del siglo XX, pero su origen como zona vedada es mucho más antiguo.
Incluso antes de la fundación del barrio del Vedado, las autoridades coloniales españolas restringieron el acceso a estas áreas boscosas en 1569 para prevenir ataques de corsarios y piratas, de ahí el nombre de Monte Vedado.
La idea de convertirlo en un gran parque urbano comenzó a gestarse en 1912 por el publicista Carlos de Velasco, pero fue el arquitecto y paisajista francés Jean Claude Nicolás Forestier, invitado a Cuba a finales de la década de 1920, quien concibió un ambicioso proyecto.
Se trató de la creación de un Gran Parque Nacional a orillas del río Almendares, idea que entusiasmó a muchos.
Aunque el plan de Forestier no se materializó de inmediato, en 1937 se iniciaron los trabajos para crear el Bosque de La Habana, el cual abrió sus puertas el 10 de octubre de ese año.
Con el triunfo de la Revolución en 1959, el concepto se amplió. Se construyó el Parque Almendares junto al puente homónimo, añadiendo áreas de recreación para niños, cafeterías y espacios culturales, convirtiéndolo en un lugar emblemático para el esparcimiento familiar.
En la actualidad, el bosque es un área natural protegida que abarca parte de los municipios de Plaza de la Revolución, Playa, Marianao y Cerro.
Atravesado por el río Almendares, cuyo curso de 45 kilómetros nace en la provincia de Mayabeque, su vegetación es exuberante.
En su interior, los visitantes pueden encontrar majestuosos algarrobos, laureles, jagüeyes y los famosos árboles con imponentes Barbas o lianas que crean un ambiente casi místico.
Esta frondosidad alberga una rica fauna donde destacan aves como garzas, pelícanos, zunzunes (colibríes), carpinteros, así como pequeños reptiles y las traviesas ardillas que se han adaptado a la vida en la ciudad.
El recorrido por el bosque depara sorpresas históricas y culturales. Entre sus atractivos se encuentran las ruinas de la antigua casa de Doña Josefina, también conocida como Isla Josefina, un islote en medio del río que perteneció en el siglo XIX a Juana Gabriela de Embil y Quesada, sitio de gran valor paisajístico.
Asimismo, se conservan vestigios de la época colonial, como los restos de la Presa El Husillo y los canales del Acueducto de Fernando VII, que antaño abastecían de agua a la ciudad.
Además de su valor natural e histórico, el Bosque de La Habana es un importante centro cultural. El Anfiteatro del Almendares, inaugurado el 5 de julio de 1965 y único en el país por su diseño para marionetas de hilos, es hoy un escenario vibrante.
En sus alrededores, antiguas instalaciones fabriles como los Jardines de La Tropical y de La Polar, que antaño aprovecharan las aguas del río para la producción de cerveza, se transformaron en complejos recreativos y gastronómicos.
El río Almendares, que da vida al bosque, resulta testigo de la historia de La Habana. Los aborígenes lo llamaban Casiguagua, y fue renombrado por el obispo de igual apellido que se asentó en sus márgenes, por todo ello se trata de un escenario natural muy turístico e importante para la ciudad.
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