domingo 14 de abril de 2024
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Misteriosa laguna del Urao

Caracas, 9 mar (Prensa Latina) Cuenta la leyenda que la laguna del Urao vagó por los escarpados páramos del estado de Mérida, Venezuela, hasta que definitivamente se instaló en el poblado de Lagunillas, cuyos habitantes la consideran un lugar sagrado.

De origen tectónico, este embalse natural de agua salada, retenido entre dos cerros —El Molino y San Benito—, posee una extensión de 870 metros de largo y una profundidad promedio de cinco metros, y se alimenta del líquido que baja de las montañas y corre por las profundidades subterráneas.

Quedó en la memoria popular que su creación se produjo del llanto de “las hijas de Chía, las vírgenes de Motatán”, quienes lloraron desoladamente cuando los españoles ocuparon las alturas de los Andes y arrasaron con todo a su paso.

“Sus lágrimas corrieron día y noche hacia el occidente, deteniéndose al pie de la gran altura, en las cercanías de Barro Negro, y allí formaron una laguna salobre, la misteriosa Urao…”, escribió el escritor merideño Tulio Febres en su narración La leyenda del Urao.

Se dice que ante cada episodio de conquista de los colonizadores la laguna “volaba” cual pájaro por los aires del páramo de Mérida, hasta asentarse de manera definitiva en Lagunillas, donde ha sido venerada por las etnias jamuén, quinaroe, casés y guazábara, y luego por los campesinos.

Aquellos amerindios y sus descendientes extraían del fondo de las aguas el mineral llamado sal de urao, que era parte importante de su economía, e intercambiaban con comunidades cercanas y mezclaban con el tabaco seco, del cual obtenían una pasta llamada chimó.

Dicha composición tuvo diversos usos entre los nativos, desde alimentar animales domésticos y lavar ropa hasta curar heridas infestadas y picadas de insectos, además de evitar caries y ser un estimulante natural para proporcionar energía, evitar el cansancio y soportar el frío.

Junto a la extracción del mineral, de características similares al sodio, los originarios sacaban también del embalse unos tallos de plantas que servían para confeccionar techos, escobas, alpargatas, cerámicas y otros materiales artesanales que todavía pueden verse por la zona.

Eso sí, solo podían adentrarse en las frías aguas —entre 17 y 25 grados— los hombres autorizados por la diosa Jamashia, considerada por la leyenda como “madre de todas las lagunas”.

(Tomado de Orbe)

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