Caminar por las calles de la capital es transitar bajo un abrazo de piedra y sombra. Arriba, los portales se extienden como galerías interminables; a los lados, las columnas se alinean como soldados silenciosos que custodian la memoria de la ciudad.
No es casualidad que el escritor cubano Alejo Carpentier, Premio Cervantes de Literatura, bautizara a La Habana como la Ciudad de las Columnas en uno de sus más célebres ensayos.
Para el turismo, estos elementos arquitectónicos no son meros vestigios del pasado. Son la antesala de una experiencia sensorial única que distingue a urbe central de cualquier otro destino del Caribe.
Si no existieras, mi ciudad de sueño… qué sería de mí sin tus portales, tus columnas, tus besos, tus ventanas, escribió el poeta Fayad Jamís, y hoy los viajeros suscriben cada verso al descubrir una villa donde lo público y lo privado se funden bajo pórticos centenarios.
La función primordial de estos portales no es otra que brindar sombra a transeúntes e inquilinos en una ciudad tropical donde el sol a veces castiga demasiado.
Pero lo que nació como una necesidad climática se convirtió en un sello estético inconfundible. Carpentier describió esta amalgama como Un estilo sin estilo, una mezcla ecléctica que incorpora órdenes dóricos, jónicos, corintios e incluso columnas salomónicas.
El propio intelectual vasco Boncenigo, que visitó Cuba en los años cincuenta, dejó escrito que los cubanos Aman las contradicciones.
Esa contradicción habita también en su arquitectura: iglesias barrocas de naves altas junto a pórticos neoclásicos, arcos moriscos idénticos a los de la Mezquita de Córdoba y palacetes herrerianos. Para el viajero, recorrer La Habana Vieja es caminar por un museo al aire libre donde cada columna cuenta una historia.
Pero no todo es postal perfecta. Muchos de estos portales y columnas muestran el paso del tiempo.
Hoy la mayoría perviven como muestra de lo que un día fueron y de la evidente decadencia arquitectónica que vive la capital de Cuba, advierte un análisis sobre el estado de estos elementos.
El reconocido arquitecto cubano Mario Coyula (1935-2014) consideraba que con la pérdida del portal Las fachadas pierden su elemento más distintivo, y el resultado equivale a la amputación de la nariz en una cara humana.
Sin embargo, también hay esperanza. La Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana impulsa proyectos como Rutas y Andares, cuya edición 2024 se dedicó al ensayo carpenteriano La ciudad de las columnas y conectó museos del Centro Histórico para mostrar los avances en restauración.
Esta iniciativa busca que la urbe se convierta en un sitio accesible para todos, preservando ese legado arquitectónico que los turistas vienen a admirar.
Para el visitante extranjero, las columnas y portales no son solo objetos de contemplación.
En ellos ocurre la vida. Tras esas columnas aparecen los orichas de la Santería haciendo guiños al paseante, cuando debajo de esos portales, los cubanos viven con las puertas abiertas, parlotean de balcón a balcón y convierten cualquier esquina en un escenario de son y rumba.
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