Por Lemay Padrón Oliveros (Enviado especial)
Trotsky fue el primer gran caso de asilo político, cuando en 1937 el gobierno de Lázaro Cárdenas recibió al ideólogo ruso, perseguido por el régimen de Stalin.
El creador de una corriente política contestaría al dogmatismo vivió en una casa de la alcaldía de Coyoacán hasta su asesinato en 1940.
Recorrer su vivienda me hizo recordar que México tiene una sólida tradición de solidaridad internacional y refugio humanitario respaldada por principios constitucionales de no intervención y ayuda humanitaria, como ocurre hoy con Cuba, asediada por el Gobierno estadounidense.

México abrió sus puertas a perseguidos políticos de la Guerra Civil Española y las dictaduras sudamericanas del siglo pasado y actualmente brinda protección a miles de personas desplazadas por la violencia y la pobreza extrema.
Es un país que, pese a las tempestades, extiende su mano abierta a quienes huyen del naufragio, mientras los mapas se despliegan en líneas sangrantes y las fronteras se tornan muros invisibles que separan destinos.
No alza su voz en gritos de odio, sino en susurros de compasión, y entre cafés humeantes y bancos gastados por el tiempo, foráneos y nativos comparten relatos de pérdida y reconstrucción; el acento extraño de otros no es barrera, sino más bien un mosaico lingüístico que desafía la uniformidad.
Esta nación tejió una red invisible pero firme para sostener a aquellos que escapan de la guerra, la persecución y el hambre; en sus calles, centenares de historias convergen como ríos que buscan el mar de la esperanza, y el calor de su gente provoca que el exilio no sea un destierro sino un puente, un preludio a una nueva vida.
Algunos llegaron huyendo de la persecución, como el caso de Trotsky, otros por buscar mejores horizontes económicos, otros desplazados por las guerras, pero a todos México les ha abierto las puertas sin pedirle un documento oficial, y cada persona acogida es un acto de justicia y un paso más en la defensa de la dignidad común.
Es el poder transformador de un pueblo que se niega a cerrar las puertas ante quienes desean empezar de nuevo, para que nadie olvide el camino recorrido ni los obstáculos enfrentados, y a través de la cultura, especialmente la latinoamericana, se puede encontrar un faro que guía a los perdidos hacia la integridad de su identidad.
Aquí la migración forzada no es una amenaza, sino una llamada urgente a la empatía, para intentar convertir el miedo en confianza, la tristeza en alegría y el abandono en comunidad, y en ese acto simple y profundo, todos somos llamados a participar, porque la verdadera solidaridad se construye con la ternura infinita de la humanidad compartida.
Reconocer las cicatrices del pasado es fundamental para no repetir errores, por eso, museos y centros culturales como este exhiben testimonios y objetos que documentan los recuerdos agradables y menos agradables no para buscar alimentar rencores, sino cimentar un compromiso ético y escribir nuevas páginas con tinta de esperanza.
to/lp






