Por Boris Luis Cabrera
Dos ciudades que conocí este año con la cercanía que deja el paso de un reportero deportivo y la huella del testigo.
Después de horas desconectado del mundo por uno de esos apagones que sufre todo un país y que dejan a uno a oscuras por fuera y por dentro; la noticia me cayó con más peso, como si la tierra hubiera esperado a que regresara la luz para mostrarme su grieta.
Fueron minutos de fuerte actividad sísmica, pero los números nunca alcanzan para medir el temblor verdadero: el de una madre abrazando a un hijo en la escalera, el de un edificio crujiendo como si fuera de papel, el de una ciudad entera conteniendo la respiración entre una réplica y otra.
Caracas, con su ruido inagotable y su dignidad de montaña, volvió a sentir que el suelo puede volverse enemigo.
La Guaira, con su sal en la piel y su horizonte abierto, volvió a mirar el mar no como promesa, sino como posible alarma.
Allí donde la rutina parecía firme, la tierra recordó que también sabe golpear; pero aun así, en medio del miedo, hay una obstinación hermosa en el pueblo venezolano.
Uno la ve en la forma de resistir, en la manera de salir adelante aun cuando todo parece inclinarse, en ese gesto cotidiano de convertir la herida en consuelo compartido; porque si algo enseña un terremoto es que la fragilidad no nos derrota por completo; nos obliga a mirarnos, a sostenernos, a reconocer que nadie se salva solo.
En esa grieta también entra la solidaridad, y a veces la luz.
Pienso en quienes perdieron el sueño, en quienes salieron a la calle con lo puesto, en quienes ahora revisan paredes, techos y recuerdos como si tocaran las ruinas de su propia tranquilidad.
Pienso también en quienes, como yo, conocen esas ciudades y llevan un pedazo de ellas guardado en la memoria: una avenida, un malecón, una conversación, una tarde cualquiera que ahora pesa más porque pudo ser la última en calma.
Y me aferro a la certeza de que el dolor no borra el arraigo; al contrario, lo vuelve más hondo.
Venezuela ya ha aprendido demasiadas veces a levantarse desde el susto, desde la pérdida, desde la intemperie y esta vez no será distinto.
Habrá escombros, lágrimas y miedo, pero también habrá manos, vecinos, voces llamando por nombre a los suyos, pan compartido y terquedad de vivir.
Y cuando la tierra vuelva a callarse, quedará la verdad más dura y más noble: la de un pueblo que tiembla, pero no se quiebra.
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