Dicha modalidad, impulsado por la democratización de las cámaras de alta gama y los drones, está creando «iconos de Instagram» que salvan economías locales.
Un estudio de la Universidad de Surrey revela que el 45 por ciento de los viajeros menores de 35 años elige su destino basándose en su «fotogenia».
«No buscamos la postal antigua, buscamos la angulación perfecta que nadie haya visto antes», afirma Elena Castro, fundadora de la agencia PhotoTours Global.
Destinos como el Salar de Uyuni en Bolivia o las escaleras de las casas en el barrio de Valparaíso en Chile aprecian un incremento exponencial de visitantes, pero también una saturación que obliga a los gobiernos a gestionar los tiempos de acceso.
Para 2027, se espera que el mercado de viajes especializados en fotografía de naturaleza y astrofotografía supere los dos mil millones de euros.
La irrupción de la inteligencia artificial generativa, sin embargo, plantea un dilema: ¿viajar para tomar una foto que podría crear mi ordenador en segundos? La respuesta del sector es clara: la experiencia sensorial y la «caza» de la luz siguen siendo irremplazables.
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