Por Antonio Rondón
La cumbre aspiraba reunir en París, el 9 y 10 de septiembre a representantes de 120 países en el capitalino Grande Palace, que con su amplio techo de cristal debió dar la sensación de dimensión especial del encuentro con expectativas para París.
Sin embargo, Macron encuentra una visible ausencia de invitados a esa megareunión sobre lo más futurista del planeta: la conquista del cosmos, en un propósito en el que Francia desea dar un salto, a lo mejor arriesgado, de su retrasada posición actual.
UNA EUROPA QUE MIRA AL ESPACIO… PERO NO TERMINA DE DESPEGAR
El problema apareció incluso antes de que comenzaran los discursos.
Varias de las grandes compañías estadounidenses que debían aportar brillo tecnológico a la cita: SpaceX, Blue Origin, Stoke Space y Starcloud, finalmente, cancelaron su participación, mientras en paralelo surgían rumores sobre presiones de la Casa Blanca.
Tampoco estará el canciller federal alemán, Friedrich Merz, quien inicialmente debía compartir con Macron el protagonismo político de la reunión, señala el canal de televisión France 24.
Más allá de las ausencias, el episodio deja al descubierto una dificultad mucho más profunda: Europa tiene industria espacial, conocimiento científico y dinero para invertir, pero sigue sin hablar con una sola voz.
Francia y Alemania aseguran que están dispuestas a cooperar, aunque detrás de declaraciones de unidad persisten rivalidades industriales, estrategias militares diferentes y una competencia por decidir quién ocupará el asiento de mando de la futura Europa espacial.
La paradoja se refleja en la propia industria. Empresas alemanas como OHB participan en proyectos europeos como Iris, mientras Rheinmetall y Airbus desarrollan para Berlín una constelación militar destinada a reforzar las capacidades espaciales de la Bundeswehr.
Al mismo tiempo, OHB observa con preocupación el proyecto de fusión de las actividades satelitales de Airbus, Thales y Leonardo, por temor a que una concentración excesiva termine reduciendo la competencia dentro de Europa.
Para Hervé Derrey, presidente de la comisión espacial de Gifas (la patronal francesa de las industrias aeronáuticas y espaciales) y dirigente de Thales Alenia Space, esa fragmentación es precisamente uno de los grandes males del sector europeo: demasiadas actividades que se superponen, compiten entre sí o persiguen objetivos similares.
Y el desafío no es menor si se tiene en cuenta que Alemania anunció unos 35 mil millones de euros de gasto militar espacial hasta 2030, una cifra que puede convertir la rivalidad industrial franco-alemana en una cuestión estratégica de primer orden.
EL DESAFÍO NO ES LLEGAR AL ESPACIO, SINO TENER AUTONOMÍA
Francia y Europa no parten de cero, pues durante décadas construyeron una sólida tradición científica e industrial y lograron disponer de lanzadores, satélites y empresas capaces de competir en mercados altamente sofisticados.
Pero la nueva carrera espacial cambia las reglas: ya no basta con saber poner un satélite en órbita; hay que hacerlo rápido, barato, repetidamente y a una escala que permita sostener una verdadera autonomía estratégica.
Ahí aparece la distancia con China y Estados Unidos, cuando este último convirtió el espacio en una extensión de su poder tecnológico, militar y comercial, con SpaceX como punta de lanza de un modelo basado en lanzamientos frecuentes y reutilización de cohetes.
El gigante asiático, por su parte, avanza a gran velocidad con sus propias constelaciones y con una estrategia en la que el espacio forma parte de una ambición tecnológica y geopolítica mucho más amplia.
La diferencia de ritmo resulta reveladora: Estados Unidos realizó en 2025 alrededor de 193 lanzamientos orbitales, frente a 93 de China, mientras Europa apenas alcanzó siete operaciones de Arianespace desde el cosmódromo de Kourou.
Pero más que la cifra aislada, lo significativo es lo que hay detrás. Cuando Washington y Pekín construyen capacidades para lanzar al espacio de manera casi industrial, Europa todavía discute cómo repartir sus proyectos, inversiones y competencias entre países.
La recuperación de la primera etapa del cohete chino Zhuque-3, comparable en ese aspecto con el modelo de reutilización desarrollado por SpaceX, añade presión a una Europa que todavía no probó su propio lanzador reutilizable.
En esta semana, el primer ministro francés, Sébastien Lecornu, inauguró la fábrica para la tecnología de misiles recuperables, a partir de la empresa emergente MaiaSpace, como parte de las aspiraciones de París de insertarse en ese exclusivo club en el orbe. Macron pretende utilizar la cumbre para fijar una visión europea para la próxima década, pero el verdadero reto será convertir esa visión en una capacidad autónoma.
En la nueva carrera espacial, el riesgo para Francia no es simplemente quedarse atrás: es que Europa termine con una total dependencia de otros para acceder al espacio que aspira a conquistar.
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