Ciudad de México, 6 jul (Prensa Latina) Parece cosa del destino, y el lamento mexicano volvió a escucharse este domingo en una nueva y cruel realidad matemática, porque el diablo cambió las reglas del juego para intentar verlos caer un escalón más abajo.
Durante 40 años lucharon contra un fantasma llamado el quinto partido, pero el destino es un tramposo que sabe mudar sus trincheras y en esta ocasión quiso que naufragaran en el cuarto intento.
Quien fracasó fue el innombrable porque México ganó en esa ocasión, pero este domingo la maldición de octavos de final no se rompió, solo se encogió para volverse más asfixiante.
No hubo prórroga ni milagro en el Azteca, solo el frío silbatazo final que decretó una nueva eliminación del Tri a las puertas de los cuartos de final.
Cambiaron los nombres en la cancha, cambiaron las fechas en el calendario, pero el llanto de la camiseta verde sigue siendo el mismo: el eco de un país que se queda a la orilla del mar, contemplando barcos que nunca va a abordar.
Volvió a suceder, con la precisión de un reloj que solo sabe marcar las horas tristes. Junto a ellos fuimos el grito que se ahogó en la garganta, la bandera que se guardó antes de tiempo, el gigante de barro que se desmorona cuando el aire se vuelve denso.
Inglaterra festejó en suelo azteca y el eco de sus cantos se sintió como sal en una herida que lleva demasiadas décadas abierta.
Les prometieron que la historia se reescribía en 2026, pero el fútbol es un dios pagano que exige sacrificios repetidos, y el cruce de octavos volvió a ser una tumba colectiva.
Las luces del estadio se apagan y las gradas escupen el silencio de la derrota, una cicatriz que vuelve a sangrar cada cuatro años.
En vez de rabia parece que la resignación densa flota en el aire de la tarde y que la maldición mexicana no es un mito de televisión, sino una condición del alma.
Ese muro, más que piedra o concreto, estaba tejido con las fibras invisibles del miedo, la duda y el desaliento, esas sombras que nos impiden avanzar, que nos susurran silenciosamente que no podemos, que no somos suficientes.
Pero el Tri, arquitecto valiente de sus propios sueños, tomó el martillo de la paciencia, la fuerza de la perseverancia y la chispa incandescente de la fe para golpear sin cesar, sin perder la esperanza.
Volverán los análisis, los culpables de siempre y las promesas de un proceso nuevo para intentar salir de este laberinto interno donde tantas veces el alma se perdió.
Pero aunque el cemento frío parece dejar solo la certeza de que el destino les tiene tomada la medida y les gusta vivir en el eterno retorno del fracaso, la fiel afición que les ovacionó al final del partido reconoció el esfuerzo.
Detrás de cada barrera hay una oportunidad para reinventarse, para fortalecer el alma y para descubrir que el poder más grande reside en el interior.
La aventura mundialista termina de momento, pero los escombros de las grietas hechas sobre ese muro servirán de escalones hacia nuevas metas, hacia nuevos cielos, México se lo merece.
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