La industria turística mundial transita en 2026 un escenario de luces y sombras.
Por un lado, el sector demuestra una resiliencia notable tras la pandemia, alcanzando cifras récord; por otro, el conflicto en el Medio Oriente y sus efectos dominó están reconfigurando los flujos de viajeros a una velocidad inesperada, destaca ONU Turismo.
El primer trimestre del año registró 307 millones de llegadas internacionales, un dos por ciento más que en 2025, aunque el estallido del conflicto en febrero frenó el impulso inicial.
Tal impacto es profundamente desigual. Oriente Medio fue la única región con una caída abrupta del 14 por ciento, especialmente en los hubs del Golfo que canalizan aproximadamente el 14 por ciento del tránsito aéreo global.
La crisis disparó los precios del combustible y creado cuellos de botella en el suministro de queroseno, cuyo precio se ha más que duplicado en Europa según la Asociación Internacional de Transporte Aéreo, encareciendo los vuelos de larga distancia y reduciendo la capacidad de las aerolíneas.
Como contrapartida, algunos destinos emergen como refugios. Europa sigue firme con un crecimiento del cuatro por ciento, África también crece al cuatro, y Egipto sorprende con un aumento del 16 en llegadas pese a la inestabilidad regional.
La Organización para la Cooperación y el Desarrollo (OCDE), a través de su informe «Tourism Trends and Policies 2026», advierte que las tensiones geopolíticas y el encarecimiento de los viajes están pesando en la confianza del viajero, inclinando la balanza hacia destinos más cercanos, asequibles y percibidos como seguros.
Este comportamiento está modificando el mapa de la demanda: los viajes de corto y medio radio ganan terreno, mientras que el turismo de larga distancia se ve presionado.
Más de la mitad de los países de la OCDE esperan superar los niveles de 2025, y el informe subraya la urgencia de adoptar políticas coordinadas para gestionar los flujos, integrar la inteligencia artificial en la gestión turística y reforzar la preparación ante crisis que ya no son excepcionales.
El turismo de 2026 es, en esencia, una prueba de resistencia sistémica. La incertidumbre es la nueva norma, y mientras los viajeros buscan experiencias con un mayor control sobre el coste y la seguridad, los destinos compiten por demostrar que pueden anticiparse a la disrupción.
La lección de los últimos años es clara: la recuperación ya no se mide solo por el regreso a las cifras prepandemia, sino por la capacidad de navegar en un mundo donde la próxima crisis puede estar a la vuelta de la esquina.
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